viernes, 12 de octubre de 2012

El sueño hispano

Hoy, 12 de Octubre, Madrid sale a la calle a disfrutar del día festivo.
Aprovechando la jornada de puertas abiertas, he pasado un rato placentero visitando el Teatro Real afablemente presentado por los miembros de la asociación de amigos de la ópera.
Salí del teatro mientras resonaban en mi cabeza los nombres de Aida, Boris Godunov, Musorgski, Arrieta y otros que habían sido pronunciados con devoción por los guías. En el cielo cruzaban aviones militares dejando una estela roja y gualda.
En los alrededores de la Puerta del Sol, la gente paseaba entrando y saliendo de las tiendas que ignoraban la festividad y entre los rostros abundaban los de piel morena y rasgos que indicaban una procedencia sudamericana.
Los inmigrantes latinos paseaban esta mañana con banderas españolas en sus manos. Lucían el emblema del país que les ha acogido, han salido a la calle a celebrar este día como no lo hacemos los españoles. 
Ya en la Puerta del Sol, junto a las fuentes se arremolinaban los Pitufos, Dora la exploradora, Spiderman, Bob Esponja, un amplio elenco de personajes Disney y algún que otro habitante del Barrio Sésamo. Hoy los alrededores del kilómetro cero parecían más que nunca un parque temático sin más atracciones que la posibilidad de hacerse una foto junto al personaje favorito de cada cual o comprar algún globo con forma de flor o espada. 
Dentro de cada personaje, o al menos en casi todos ellos, también hay un emigrante latino, también hay un sueño hispano reducido a una mendicidad colorista y disfrazada de delirio televisivo en el que no hay lugar para banderas ni desfiles, dentro de cada muñeco hay un sueño truncado oculto por una máscara sonriente.
Camino hacia el metro, en las escaleras encuentro a otro emigrante, este parece europeo, tiene un acordeón y está tocando el Ave María de Shubert al pié de una máquina de condones.


lunes, 8 de octubre de 2012

Espejo, espejito

Los lunes por la tarde, son, por definición, hostiles pero Madrid ofrece remedios amables contra los inicios de semana, una sala de cine pequeña y una peícula muda y en blanco y negro puede ser uno de esos eficaces paliativos.
He visto esta tarde Blancanieves, de Pablo Berger, y su visionado me ha inmunizado contra todos los ataques que me tenga reservada esta semana. Hay tanta belleza en sus imágenes, tantas emociones y tan intensas en una historia que pese a ser por obligación arquetípica y tópica está tan plagada de inspiración y de buen cine que merece ser tomada en dosis semanales, una cada lunes después de las comidas o antes de las cenas, si estas son entre amigos.
Blancanieves es un ejercicio de cine puro, de sentimientos y emociones administrados sin mesura pero con maestría, de llantos y de carcajadas enmarcados en algunas de las más bellas imágenes que han aparecido en una película española en los últimos años.
He salido del cine ordenando en mi mente y fijando en mi memoria todo lo que he visto y sentido pero sin poder dejar de pensar también en ese bulo imbécil que ha recorrido internet según el cual, para el rodaje de la película se habían matado dos toros.
No muere un sólo toro en toda la película, ni siquiera se ve alguno ya muerto, no hay violencia ni crueldad contra los animales en la película por mucho que la historia se desarrolle en el mundo taurino del principios del siglo veinte, pero no importa, no necesitamos comprobar un bulo para darle pábulo, para que crezca de boca en boca, los españoles somos fabuladores, cuentistas, y eso nos vuelve a veces marrulleros, embusteros.
La mentira es más grave cuando sirve a fines nobles, como en este caso en el que se intenta luchar contra la crueldad animal, o como cuando para atacar la sangrante política económica del gobierno español circuló de ordenador en ordenador una lista de los logros políticos de François Hollande igualmente fabulosa como fabulada, o tantas otras veces que no merece la pena enumerar.
Así somos, si no tenemos argumentos nos los inventamos, como madrastras de Blancanieves necesitamos un espejo que nos devuelva nuestra imagen magnificada y glorificada, aunque todo sea un engaño. Pero no somos Maribel Verdú, no tenemos su inmensa capacidad de interpretación y al final las mentiras tienen las patas demasiado cortas como para que un bulo repetido acabe por ser verdad.



martes, 2 de octubre de 2012

Silencio.

Me lo encontré por primera vez una mañana casi en la puerta de mi casa y entonces dudé si sería un sin techo más o sólo un joven desaliñado.
Caminaba un tanto errático, con demasiada ropa encima para ser alguien que sólo paseaba, pero su aire despierto, inteligente, su aspecto de extranjero perdido en otro país me hicieron dudar.
Desde entonces sólo lo he visto de noche, más o menos en la misma zona de la calle Goya, de vez en cuando me cruzo con él y sigue atrayendo mi atención del mismo modo. Todavía es un joven atractivo, que ha dejado crecer una barba sucia y tupida pero siempre arreglada y bien recortada. Mantiene un fuego de inteligencia en la mirada, tiene el aire de alguien golpeado por la vida sólo por una temporada y que saldrá pronto del bache, pero la carga que acumula junto a él me indica que no es así, que es un vagabundo más, otro despojado, otra víctima que sumar a la lista de bajas.
Se acurruca en un banco rodeado de ropa vieja y sucia, de un equipaje escondido dentro de enormes bolsas que seguramente no sea más que una acumulación de porquería cada día mayor, de objetos inservibles, pero que son sus objetos, sus únicas propiedades.
Me cruzo con él y sigo pensando que me gustaría hablarle, entablar una conversación sobre cualquier tema, compartir algo que he visto en él y que no sé bien qué es. Pero no lo hago, paso de largo y no me involucro.
Como no me atrevo a hablar con el negro que vende La Farola entonando canciones de Abba a voz en grito en la esquina de Alcalá con Goya, como no soy capaz de decirle nada a la chica que muestras sus fotografías en la calle Preciados y que pide tres tipos de limosna diferentes; Para realizar las fotos, para imprimirlas y para pagarse un Master en Efti. O los hombres estatua que cada día se esfuerzan más por adoptar las posturas más imposibles, o los que no tienen nada más que ofrecer que su propio cuerpo mutilado, los que sólo pueden mostrar su pobreza como reclamo para salir de ella.
Paso de lado junto a los que han sido más duramente golpeados por la crisis, por el sistema económico que a todos nos aprieta con fuerza pero que a algunos ahoga. Son los que callan, los que no participan en las manifestaciones, los que ya no tienen ningún derecho que reivindicar. Tal vez sean ellos esa mayoría silenciosa a la que dio las gracias el presidente del gobierno sin perder un ápice de su compostura de villano de culebrón. Tal vez lo seamos los que callamos pese a ser aún sólo espectadores, aquellos a los que pronto ya no nos quedará ni la voz porque nos la habrán asfixiado.

miércoles, 15 de agosto de 2012

Extrañeza del metro

El metro es el escaparate del gran mercado del mundo, la pasarela de las rarezas y las cotidianidades madrileñas, un subterráneo jardín de las delicias de tipos, poses e historias.
Hay lugar en el metro para músicos estruendosos, para mendigos artificiales y para los que realmente necesitan el favor ajeno para sobrevivir. En un vagón de metro caben los últimos punkies luciendo sus cuerpos maltratados al lado de señoritas que se maquillan para entrar estupendas al trabajo. 
El metro es un cajón de sastre semoviente en el que igual se encuentran jóvenes ruidosos montando un botellón sucio e ineducado que lectores silenciosos e introspectivos. Hay espacio para los comerciales trajeados y para las prostitutas casi en cueros. Conviven en un mismo espacio exiguo neohippies uniformados, señoras recién salidas de la pelu, ancianos que sonríen a las muchachas, musculitos en camiseta de tirantes, raperos sepultados en oro, trabajadores del suburbano que olvidaron la sonrisa en la puerta, seguratas que quieren ser Clint Eastwood, adoradores del iphone expatriados de Matrix, embajadores forzosos de cien mil países, señoras que devoran sopas de letras, niños curiosos que sólo saben que no saben nada, enamorados para siempre por un rato, gentes de cien mil raleas, que diría Serrat.
Todos conviven en el mismo espacio y todos son invisibles a los demás, nadie produce mayor extrañeza que quien tiene a su lado, nada es nuevo para los viajeros del suburbano que ya lo han visto y oído todo, que no tienen tiempo ni ganas para dedicar su tiempo a los demás. Nada consigue distraer a los pasajeros del metro excepto una persona que dibuja. Una mano trazando líneas sobre un papel es el imán más poderoso para las miradas, para los comentarios no disimulados. Ante la presencia del dibujante no hay reparo, se abre la espita de la descortesía y se comenta su labor como se retransmite una celebración deportiva, con el mismo afán y la misma vacuidad, las miradas vuelan por encima de su hombro y se acaban por clavar sobre su obra, incluso se desaprueba su labor abiertamente, el acto del dibujante abre la veda en un coto de caza cerrado para las especies más jugosas pero libre para quien sólo pretende emplear su tiempo entre estaciones dando libertad a su mano, a su instinto.




sábado, 21 de julio de 2012

Encuentro en la Fuente del Berro

Cuentan que Felipe II se hacía traer todos los días un poco de agua de la fuente que había en la Quinta del Berro, lo cual era una proeza pues la distancia hasta la residencia real era considerable para los usos de su tiempo, acostumbrados a un Madrid recoleto y a mano.
Con los siglos la ciudad fue creciendo y rodeando a la quinta, que ahora se encuentra circundada por el bullicio feroz de la M-30 y el ajetreo del distrito de Salamanca, pese a lo cual sigue siendo un lugar ideal para encontrar la paz que rara vez nos ofrece la capital.
Tengo la suerte de vivir muy cerca de allí, por lo que de vez en cuando busco su cobijo para leer o dibujar, ayer mismo me decidí a pasear llevando una agradable compañía canina de la mano a una hora en la que el parque se llena de otros paseantes de perros, de jóvenes que juegan un fútbol desordenado pero más puro que el que nos vende la televisión, de personas que leen tumbadas en el cesped o de niños que intentan alcanzar algún pato ahora que su charca está seca.
Personas cuyos rostros me son ignotos que caminan junto a mi sin llamar mi atención, pero entre todos ellos aparece uno al que reconozco y que me lleva a detener mi paso por la sorpresa de su presencia. Ya comenté otra vez que no soy de los que asaltan a las personas famosas por la calle, ni siquiera cuando el motivo de su fama me produce admiración, como era el caso, por eso sólo continué mi caminar errante disfrutando un gozo íntimo y un tanto infantil cuando de nuevo me cruzaba con él y con la persona que le acompañaba. A cada nuevo cruce con su paseo sentía un impulso de dirigirme a él, llamarle Don Antonio, y entablar una conversación aunque fuera banal, pero sólo fui uno más, como uno cualquiera de los que no le reconocieron, un paseante con perro que regresó feliz a su casa por el hecho tan tonto pero satisfactorio de haberse cruzado con el escritor que le ha proporcionado tanto bueno a lo largo de los años.



jueves, 14 de junio de 2012

Vidas ajenas

Recientemente, mi teléfono móvil se estropeó y mientras me lo intentaban reparar, la compañía telefónica con la que contraté me ofreció otro aparato sustitutivo. 
El nuevo teléfono, mermado en la mayoría de sus funciones en comparación con el anterior, no me ofrecía las posibilidades de ocio a las que estaba acostumbrado, así que para pasar los ratos muertos y por la costumbre adquirida, me dediqué  a explorar su escaso contenido.
Los anteriores usuarios de este teléfono errante habían olvidado borrar mensajes de texto, fotografías o números en la agenda. Encontré en aquél teléfono la fotografía de un coche, la de una pared en el punto en que se encuentra con el techo y la de una guitarra, mensajes de texto que convocaban a citas ya pasadas o que daban cuenta de la mejoría de alguien que debió estar enfermo, listas de nombres ignotos con un número de teléfono junto a cada uno. 
Instantes de otra biografía, o de varias entrelazadas en una nueva inventada a partir de la realidad. Exploré aquellas huellas de vidas ajenas con cierta morbosidad, con esa curiosidad por los devenires del vecino que se supone que nos afecta a los españoles pero no por un auténtico interés en lo que le ocurra  a otras personas, sino porque en cada uno de esos indicios estaba la promesa de una historia, de un relato apasionante.
Pero no sólo en aquél teléfono pasado por mil manos, sino también en frases que oigo cuando camino por la calle, extractos mínimos de una conversación vedada que cobran una nueva dimensión extraídos de su contexto. Conversaciones en otra mesa mientras como en un restaurante y que me distraen y atraen más que la televisión ruidosa que no falta en cada establecimiento hostelero español. Palabras que escapan por las ventanas y trepan por el espacio angosto de mi patio de vecinos hasta colarse en mi casa y que me están contando lo que ocurre a pocos metros, o más bien la posibilidad de historias increíbles unos pisos más abajo. La gente que habla a voces por teléfono en el metro, en los autobuses y sobre todo en los trenes de largo recorrido, donde las conversaciones son más largas y las historias que traen consigo más interesantes por más ricas, más llenas de matices. Los sonidos que se filtran por las paredes de mi casa y que me traen el eco de los programas que la pareja de ancianos que viven al lado ven durante todo el día, desde que se levantan hasta que se acuestan, y que me cuentan más sobre ellos que ellos mismos, a los que apenas me he cruzado nunca en la escalera. Conversaciones compartidas a la fuerza unos instantes en un ascensor. Lo que me cuentan los títulos de los libros y los objetos que encuentro en las casas que visito, o en las ropas y los gestos de las personas que me cruzo en la calle por esa costumbre adquirida a fuerza de leer a Conan Doyle. 
No es morbosidad, no me interesan las vidas ajenas como parecen interesarle tanto a los espectadores televisivos, pero me apasionan las historias, conocerlas y sobre todo crearlas, como autor son mi materia prima y mientras mis musas sigan de vacaciones seguiré bebiendo de estas fuentes.






Nota: A quien sufra de mi mismo mal, recomiendo la lectura del blog de Juan Berrio:  http://juanberriofrases.blogspot.com.es/


lunes, 16 de abril de 2012

Una sonrisa

Las cinco de la tarde es una hora extraña para usar el metro. La línea seis acostumbra a ir abarrotada a esa hora en la que los usuarios ni van a trabajar ni regresan de su jornada laboral, no encaja con los horarios laborales más usuales, pero ocupan casi por completo los vagones, en silencio, cada persona en su burbuja, adormilados por la digestión aún en curso o por un madrugón que entonces comienza a dejar sentir sus secuelas.
En la estación de Diego de León suben nuevas personas, no hay asientos libres así que permanecen de pie, leyendo, escrutando una pantalla o con la mirada perdida. Entre las personas que entran hay un joven con síndrome de Down. En su rostro hay una sonrisa que parece grabada con un cincel, profunda, emocionante y sincera.
Recorre con su mirada a los pasajeros hasta que descubre a una niña, un bebé que viaja acompañada de sus padres. Sin pensárselo más se dirige a ella, se coloca frente a la niña que lo mira sorprendida, casi asustada, y comienza a hablarle.
Su voz es grave y potente, estruendosa, como un grito pero tan llena de ternura que no molesta, sólo sorprende. Habla con la niña y sólo repite una frase; ¿Qué pasa?.
El bebé lo mira y calla, la madre sonríe mirando a su hija incitandola a sonreír igualmente y el padre se mantiene serio.
La escena me distrae por un momento, me reconforta y después regreso a mi lectura, pero antes de colocar la vista sobre el texto me cruzo con otra mirada. Una chica joven contempla igualmente la escena y sonríe, ampliamente, con los labios pero también con los ojos emocionados. Otra mujer comienza entonces a sonreír, plácidamente, satisfecha, y luego es un hombre, y pronto hay unas diez personas sonriendo en un vagón de metro a las cinco de la tarde. Todas miran, miramos, hacia el joven que monologa con el bebé pero a la vez nos miramos los unos a los otros, contemplamos en silencio nuestra sonrisa colectiva y hay en ese momento una comunicación mayor y más sincera entre los pasajeros que si se hubiera establecido una conversación.
Al cabo de un par de estaciones, el bebé y sus padres abandonan el tren y cada uno regresamos a nuestra burbuja y yo no dejo de pensar en que precisamente el día anterior, mi amiga Michi me había hecho llegar un vídeo que tiene tanto que ver con lo que acaba de ocurrir. Me regocijo en la coincidencia, en la casualidad gozosa, y continuo leyendo, aún sonrío.


miércoles, 28 de marzo de 2012

Chinatown mulato


En los casi dos años que llevo habitando esta ciudad, mi forma de mirarla ha cambiado, evolucionado. De la mirada sorprendida del visitante neófito que descubre una ciudad nueva que está unida a la poca que ya conocía, al conocimiento sereno de las calles y las gentes, al disfrute de las zonas que no entran en las guías turísticas por su ausencia de bellezas reseñables pero que pueden tener el mismo interés o mayor.
Aún se esconde para mí un país de las maravillas detrás de los nombres de cada estación de metro, que son palabras misteriosas como conjuros que invocan prodigios cotidianos, nombres como Suanzes, Nueva Numancia, Tetuan, Pavones, Usera.
Nada más salir del metro de Usera, el establecimiento de un fotógrafo chino exhibe rótulos en caracteres orientales donde pregona su oferta profesional, pero sobre todos ellos hay uno escrito en español en el que ofrece reportajes de bautizos, comuniones, bodas y celebraciones de los quince años. Es este rótulo el que define el carácter del barrio, el del mestizaje entre china y sudamérica. Los fotógrafos chinos hacen reportajes a las quinceañeras sudaméricanas en su día grande y nunca el mundo puede ser más pequeño como lo es en Usera.
Me adentro por las calles del barrio siguiendo a un vendedor ambulante aparecido de pronto, viste una gorra y ropa de colores pastel, camisa rosa y pantalón azul cielo, como salido de una cafetería norteamericana de los años cincuenta y va ofreciendo a los peatones cucuruchos de maní, de almendras garrapiñadas, y otras delicias que lleva en una bandejita a la altura de la cabeza mientras lo observo pensando si no formará parte del rodaje de una película por su ropa y hasta su comportamiento tan de otras latitudes, de otros tiempos.
No es el único vendedor en la calle, junto a la boca del metro, en tenderetes improvisados para ser desmontados con premura ante una amenaza de las fuerzas del órden, familias gitanas intentan vender lencería femenina, calcetines, algún pañuelo, mientras los hombres lucen enormes anillos de aprendices de padrinos de barrio que brillan a la par de sus dientes metálicos. En la otra acera, mujeres sudamericanas venden panes cocinados con recetas indígenas y hay un olor a empanadillas de carne que brota de las panaderías regentadas por mujeres muy maquilladas que despachan a ritmo de bachata y merengue, como ocurre desde hace tanto tiempo en Madrid pero que a mi me sigue fascinando porque no acabo de dejar de ser un pueblerino viviendo su aventura en la capital.
Hay en las pareces carteles de fiestas latinas, de candidatos sudamericanos pidiendo el voto para sus países, de ofrecimientos para tareas domésticas que se mezclan con textos ininteligibles escritos en chino, como en una nueva biblioteca de Babel de la publicidad multicultural.
Camino por calles de hotelitos, detrás de los pasos de dos niños que cargan con un colchón enorme, mirando los edificios tristes, monótonos como tantos en Madrid, que dibujan el perfil del barrio, y entre todos ellos aparecen unos muros muy altos, muy blancos, que son la promesa de más maravillas porque por encima de ellos brotan esculturas de metal oxidado soldado, una torre de sillas de jardín, farolas sin cristales ni bombillas. No acabo de distinguir si es una chatarrería o la casa de un artista, pero la verja flanqueada de vegetación y el pequeño portalito como de casa de película de miedo me lleva a pensar en lo segundo. Lamento no poder ver más del interior pero me alegra haber dado con el sitio, porque de esos pequeños descubrimientos se nutre mi amor por la ciudad. Me siento en un banco a descansar, a pocos metros del metro, en la parte más elevada de una pequeña loma, observo la vida apresurada pero apacible de la plaza con el aire de un dios engreído e idiota que mira por encima del hombro a sus criaturas. Elevo la mirada y frente a mí veo las torres de colón, pequeñas, lejanas y me parecen más la postal de un país remoto que la constatación de que el centro de Madrid está a tiro de piedra, con su tráfico voraz, con sus urgencias y su ruido, con su nadie conoce a nadie, con su simulacro de importancia y notoriedad.
Al cabo de un rato camino de nuevo hacia el metro, bajo las escaleras y soy de nuevo el conejo blanco urgido sin motivo, contagiado de Madrid.

domingo, 26 de febrero de 2012

Víctimas

Esta mañana, durante un gratificante paseo por el centro de Madrid, he vuelto a pasar por el local que ocupaba hasta hace muy poco tiempo la librería "El Aventurero".
Quizás por un acto reflejo aprendido a fuerza de repetirlo, me he asomado a sus escaparates pero sólo he visto estanterías vacías y polvo, ni rastro de los cómics que durante tantos años allí se mostraban y que convirtieron aquellos escaparates y el interior de la librería en uno de mis puntos de peregrinación cuando venía a Madrid desde mi pueblo para pasar un día en la gran ciudad y soñar con que algún día sería uno de sus habitantes.
Muy cerca de mi casa, en la calle Hermosilla, descubrí hace poco tiempo una librería de viejo que no conocía. Un espacio pequeño pero acogedor dedicado a los libros de segunda mano en el que sólo estuve una vez pero del que salí con la firme promesa de volver.
No podré cumplir mi promesa porque la librería ya no existe, otro local vacío es lo único que encuentro cuando paso por allí. No están los libros, ni los escaparates, sólo dos persianas metálicas siempre echadas y los restos adhesivos de las letras que componían su rótulo y que ahora tampoco están.

Esta crisis cruel que nos atenaza tiene efectos más allá de los económicos pero que no son noticia. Son las tiendas de cómics, las librerías de viejo y las de novedades, las tiendecitas de complementos y otros negocios similares los primeros en sucumbir bajo su paso imparable.
Ante la escasez económica renunciamos a lo que consideramos menos importante, prescindible.
No hay trabajo para los artistas, para los libreros, para los creadores y distribuidores de belleza. Dice mucho sobre un país qué consideran prescindible sus habitantes, es un indicador claro de su cultura.
Mucho más que las cifras del paro o las calificaciones de las agencias de valoración, la verdadera mesura de la crisis económica y de sus estragos está en los daños que produce y en a quién y a qué afecta con mayor saña. La lista de caídos es el mejor reflejo de la salud moral y la educación de un país, pero desde el momento en que la propia educación es una víctima más no hay lugar para la esperanza.
Los que ocasionaron el debacle económico siguen disfrutando de sus prebendas y de los beneficios que producen, los gobernantes se aseguran un próspero porvenir gracias al don inexplicable de decidir sus propias remuneraciones, pero lejos de ellos, cada vez más lejos, los que luchamos a diario por sostener un negocio o un empleo basado en la creación, en la imaginación, en la belleza, nosotros que intentamos sobrevivir con lo que muchos consideran superfluo, seguiremos siendo los primeros en caer, las eternas víctimas.
Al menos nos queda el derecho a imaginar que, como ocurre en los cómics, en los libros que se apilan en las librerías de viejo, algún día existirá una sociedad utópica en la que la escala de valores nos trate como merecemos, pero eso por el momento es patrimonio de la ficción

jueves, 2 de febrero de 2012

Mensajes contra el hambre

Paseo por las calles de Madrid seducido por sus edificios, por sus luces y por su gente, la gente que abarrota el metro, la que transita apresurada de casa al trabajo y viceversa, gente que pasa ante mi sólo unos segundos y desaparece. Pero hay otra gente, la gente inmovil, los que se sientan en las esquinas con la mano extendida, los que piden una limosna frente a las iglesias o en las puertas de los supermercados, que también son lugares de culto.
Paso ante los que no tienen un techo, ante los mendigos que en estos tiempos crueles son cada vez más y presto atención a sus reclamos de limosna, a los cartones manuscritos en los que solicitan una ayuda y me traiciona mi profesión. Una suerte de deformación profesional me lleva a pensar que se pueden mejorar, que una frase más ingeniosa o una mejor caligrafía los haría más eficaces, que atraerían mayores ayudas, y muchas veces he pensado en hacerlo, en intervenir.
Pienso eso a menudo pero inmediatamente aparto la idea de mi cabeza porque la considero ofensiva, porque creo que es una frivolidad indignante, que les ofendería, que es mejor ofrecerles la limosna que solicitan y no empeñarme en arreglar todo lo que esté escrito como siempre hacemos los diseñadores.
Pero sucede que un diario gratuito de los que pasan de mano en mano en el metro me trae una noticia en la que se cuenta que alguien ha tenido la misma idea y la ha puesto en práctica. Leo como un grupo de jóvenes no se ha quedado en una mera idea y ayuda a los que lo necesitan sustituyendo sus peticiones de ayuda por letreros también manuscritos en los que una frase ingeniosa, divertida, atrae la atención de los viandantes y con ella una muy necesaria limosna.
Siento haber sido tan cobarde o tan indeciso pero me reconforta ver que es posible, que alguien lo ha hecho y que funciona.

domingo, 22 de enero de 2012

La mayor plaza


Este enero generoso nos está regalando mañanas que son un anticipo de la primavera pero sin polen, un goteo de horas luminosas en las que el mercurio se eleva y hay algo en nuestro interior que nos pide salir a la calle, a disfrutar del anticipo de la estación que, cómo ocurre con algunos trailers de películas, será poco fiel a lo que vendrá en unos pocos meses.
He salido a pasear por el rastro, cumpliendo con una cita casi semanal, he recorrido sus calles y he subido después por la calle Toledo hasta la Plaza Mayor, y al entrar en ella he sentido otra vez que entraba en otro mundo, en otro Madrid.
La Plaza Mayor, calentada en sólo una mitad por el sol, bullía de gente que paseaba por sus soportales contemplando la mercancía expuesta en el mercadillo dominical de filatelia y numismática que circunda la plaza, curiosos y aficionados estudian los sellos y las monedas, amen de algunas baratijas diversas, y se mezclan ante un mismo artículo los niños que se inician en la afición que les transmiten sus abuelos con los expertos en busca de una ganga o de la pieza perdida de su colección.
Busco el calor del sol, fuera de los arcos, y me encuentro con Bob Esponja, y con Dora la Exploradora, y el hombre invisible, y hasta el Gato con Botas que se hacen fotos con los niños y con algunas chicas no tan niñas que tal vez aún no se han acostado desde que salieron la noche anterior.
Y más allá está la mujer que se cubre de algo parecido al barro y se queda inmóvil como una estatua siempre de cara al sol, y a pocos metros un hombre con ropa como de militar hace burbujas gigantes y con ellas rodea el cuerpo entero de algún niño e incluso de un adulto agachado.
Más allá un chino toca un instrumento de su país cuyo nombre desconozco y que suena siempre igual, como con la misma melodía, a la par monótona y dulce.
Y los pintores de estampas cañís conversan con los caricaturistas con los que comparten espacio y casi la vida.
Hay turistas, siempre hay turistas, que pasean inocentes de que desde los balcones los observan ancianas puestas al sol y jóvenes con aspecto de nuevos bohemios que han dado el primer paso hacia la bohemia viviendo en un ático del centro.
Y mientras camino veo que en los adornos de las farolas y en las rejas de la estatua del rey Felipe tercero han comenzado a colocar candados que llevan escritos nombres como Loren, Hannah, Charli o Byron pero que son españoles, candados que son muestras públicas de amor como los que se ven en los puentes de Venecia y los que encontré hace años en el Museo del Aire, en Cuatrovientos, aunque aquellos sólo tenian nombres de los quintos que se licenciaban.
Y toda la plaza es una fiesta al son de la música de una banda que interpreta a ritmo de Jazz canciones que no lo son. Es un ritmo apresurado y acelerado, siempre a punto de tropezar en una nota pero que evita la caída con una nueva voltereta. Una música que se instala en los oídos de todos los que pasamos por la plaza Mayor, que mueve nuestras manos a su compás y nos hace sentir que en ese pedazo de mundo la vida siempre es una mañana de domingo y olvidarnos de que sólo unos metros más allá de sus arcos se eterniza hasta hacerse invisible el pequeño campamento de cubanos que reclaman el asilo que se les negó en su día y que ya estaban allí antes del otro campamento, el que estuvo en La puerta del Sol, donde habrá ahora y casi siempre una manifestación en contra de la injusticia de turno. Y más allá está la vida normal, la cotidiana, la que se mueve como una barcarola entre alegrías y tragedias mientras en la plaza mayor el tiempo se ha detenido como los rostros de algunas fotografías, en una contínua sonrisa inoportuna, por siempre embustera y por siempre placentera.

domingo, 15 de enero de 2012

La información embustera


Las mañanas de los domingos fueron creadas para que descansen los dioses y disfruten del ocio los mortales. Incluso cuando el clima es hostil como en estos días, quedarse en casa es un pecado por el que alguna vez nos pasarán factura si existe al final de nuestras vidas una valoración del debe y el haber acumulado.
Con la intención de disfrutar de la mañana de este domingo, un grupo de amigos nos dimos cita en el museo que el Instituto de Crédito Oficial tiene en la calle Zorrilla. Nos llevó allí la intención de disfrutar de la Suite Vollard, la serie de grabados de Picasso considerada una de las obras maestras del grabado en el pasado siglo.
Unos para verla por primera vez, otros para disfrutarla de nuevo, todos acudimos con ilusión al museo sin imaginar que nos encontraríamos en su lugar con una exposición temporal de cuya calidad prefiero no hablar. Después de indagar averiguamos que no sólo no se encuentra allí ahora mientras dura esta exposición, sino que hace ya tres años que una exposición temporal sucede a otra, ocupando todo el espacio del pequeño museo, y la Suite Vollard duerme el sueño de los justos en algún almacén a la espera de que un incierto destino la rescate y la devuelva a las paredes de la sala.
Si embargo, la página web del instituto publicita la posibilidad de visitar la obra de Picasso sin que sea visible ninguna alusión a que no está allí, a que los dirigentes de la institución han decidido sustituirla por obras menores privando de este modo a los visitantes la posibilidad de disfrutarla.
A la sensación de frustración e impotencia por no haber podido contemplar el objeto de nuestra visita, ha seguido la de ira por el menosprecio de los responsables del desaguisado ante la obra y ante su público. Pero no les importa nuestra decepción y no importa nuestra ira, no nos queda más que el derecho al pataleo y usar este u otros foros para comentar lo sucedido, para que al menos sean menos los engañados, los que aumenten las cifras de visitantes a una exposición porque acudieron allí con otra intención, para que no nos sigan tomando el pelo, para que los museos respeten a sus usuarios.
Una de las obras de la desaparecida Suite.

jueves, 5 de enero de 2012

Mensajes en la pared


A la entrada de la biblioteca Pedro Salinas, junto a la puerta de Toledo, hay en la pared un panel de corcho dispuesto para que cualquiera cuelgue allí lo que desee.
Atrapados por chinchetas de colores se amontonan anuncios en los que cada cual ofrece lo mejor que sabe hacer en busca de un buen postor. Se ofrecen profesores particulares de cualquier materia, señoras que manifiestan su seriedad antes de proponerse como limpiadoras, se vende, se compra y se alquila, y todo el mundo encuentra una pequeña parcela donde dar a conocer su forma de ganar dinero en este mercado de servicios vertical.
Me detengo a leer los carteles, sólo por hacer tiempo, y en seguida me llaman la atención un par de ellos diferentes. Con una letra manuscrita, compacta y recogida, alguien ha llenado dos hojas de cuaderno con comentarios sobre dos programas de televisión. En cada una de las hojas se narran los pormenores del funcionamiento de ambos programas y se recomienda su visionado.
La persona que haya escrito aquellas recomendaciones ha puesto mucho empeño en relatar los motivos por los que recomienda esos programas, detalla cada pormenor de su funcionamiento ocupando toda la hoja, sin dejar apenas espacios en blanco, como si a cada momento brotaran en su mente nuevas ideas que necesitan ser mostradas aunque sea en un nuevo apartado separado del resto por una tosca línea de bolígrafo azul. Los textos describen los pormenores de cada programa con vehemencia a la vez que recomiendan cada aspecto de ellos incidiendo en los motivos por los que, a juicio de quien los haya escrito, es aconsejable verlos y disfrutarlos como los debe disfrutar él o ella.
Me pregunto mientras los leo quién los habrá escrito y qué le habrá movido a hacerlo. Imagino a una persona solitaria que encuentra su único momento de distracción y de algún modo compañía al sentarse frente la televisión, y eso le lleva a compartirlo por el mundo. Para mí cada una de esas hojas en un mensaje en una botella lanzado por un naufrago que necesita ser rescatado de la soledad tan propia de las ciudades superpobladas donde nadie conoce a nadie pero en el fondo albergo la esperanza de que, una vez más, mi imaginación se haya desbordado y apartado de los cauces de una realidad a menudo más prosaica y menos novelesca.

lunes, 19 de diciembre de 2011

Encuentro nocturno

Pasear por el centro de Madrid implica coincidir en el camino con un aluvión de rostros anónimos, una procesión de gestos ignotos que converge en ese área común para madrileños y visitantes que en realidad es como un pueblo pequeño, el que todo es conocido y la vida transcurre bajo las mismas pautas.
Entre las caras que el paseante se cruza aparece de vez en cuando una conocida, la de algún familiar o amigo al que el azar ha llevado al mismo punto, o el rostro de alguien a quien conocemos de ver en televisión o en la prensa.
Reconocemos los rostros de aquellos a los que tenemos tan presentes en nuestras vida de tanto verlos en los medios que casi parecen familiares o amigos, son como los vecinos con los que coincidimos en la escalera y les saludamos sin interés, sólo por cortesía, del mismo modo que en ocasiones, al cruzarnos con alguien a quien tanto hemos visto en una pantalla o en una foto sentimos el impulso de intercambiar un saludo, como si nos conociera, como si su familiaridad procediera de un contacto habitual y no de la cercanía aparente que proporciona la televisión o la prensa.
Acostumbran a ser personas con las que no coincidimos en gustos u opiniones, con las que no cruzaríamos más de dos palabras de cortesía si tuviéramos ocasión, pero en gozosas ocasiones sucede que nos encontramos con alguien a quien admiramos, una persona cuya opinión o trabajo nos importa, alguien con quien desearíamos conversar y mostrarle nuestro respeto, compartir con él o ella lo que nos une, sentirlo aún más cercano, más nuestro.
El pasado domingo, mientras caminaba hacia la parada de autobús por la calle Alcalá tuve uno de esos felices encuentros.
pasé a su lado sin verlo y me atrajo una frase que le escuché, un comentario hacia una mujer que le acompañaba sobre algún espectáculo musical que acababan de ver. Lo tuve delante por unos instantes hasta que cambió de dirección y en ese breve tiempo deseé dirigirme a él, hacerle participe de mi admiración, contarle de qué forma su obra me influyó y cuanto le debo de algún modo.
Sin embargo no lo hice, por respeto o por miedo sólo dejé que nuestras miradas se cruzaran por un instante, que se alejara con las personas que le acompañaban mientras yo continuaba mi camino en cierto modo satisfecho por haber coincidido por unos segundos en su mismo recorrido, por haber sido parte de un instante de su vida aunque él no fuera consciente de ello.
No fue preciso hablarle, molestarle, tan sólo me bastó la coincidencia para regresar feliz a casa.

sábado, 17 de diciembre de 2011

Lucanor, el de los Lunnis.

Viajo en el metro enfrascado en la lectura del libro que me acompaña desde hace unas semanas, me sumerjo en sus páginas y ya no estoy en Madrid sino paseando errático por las calles de Lisboa de la mano de Santiago Biralbo. Su lectura me cautiva, me secuestra de la realidad y me sumerge en una historia ajena que nunca existió pero que en esos momentos es más real para mi que lo que sucede a mi alrededor. La literatura me embruja, me trastoca los sentidos y me enamora desde que era muy jóven, sólo un niño que leía con fervor los libros de Verne, London o Salgari que me regalaba mi abuelo exiliándolos de su biblioteca de forma casi ritual, mágica.
La literatura me ha salvado tantas veces, me ha dado la vida y me ha robado el alma desde que adquirir el poder milagroso de la lectura. Es una parte de mi vida inseparable de mi pobre biografía, un rasgo de mi caracter.
Venero los libros, incluso los malos, los respeto como objetos sagrados y los atesoro, quiero saber todo sobre ellos y desde que puedo recordar mi curiosidad hacia ellos, hacia sus autores y sus circunstancias me acompaña, me guía y me anima.
En mis tiempos de estudiante de bachillerato esperaba con ansia la clase de literatura, aquella hora bruja en la que un profesor al que le debo tanto desgranaba ante mi los pormenores de la historia literaria de España, pero cuando llegaba la evaluación nunca conseguía el aprobado. Me fascinaba la asignatura, la disfrutaba como casi nadie pero los exámenes la reducían a su lado más banal, a la sucesión de nombres y fechas que tan poco tenía que ver con ella. En los exámenes no aparecía el embrujo de la literatura, el que me fascinaba durante el curso.
Ahora leo en el metro cuando me distrae una conversación. Levanto la vista y me encuentro con un grupo de cuatro o cinco chicas adolescentes, maquilladas, atravesadas por anillos metálicos, con la ropa breve y kitsch tan del gusto de las urbanitas de su edad. Rien y comentan entre ellas los exámenes a los que se han enfrentado en estos días y se produce una conversación que me aturde.
Comenta una de ellas, con respecto a un reciente exámen de literatura, que le preguntaron por "El Lucanor" y otra interrumpe preguntando "¿Lucanor, ese es de los Lunnis, no?
la otra responde afirmativamente, comenta algo sobre los personajes de la televisión infantil y después prosigue, cuenta que eso es "algo de tercero" y que en su libro, al mencionar a "El Lucanor" se leía "consultar el libro de tercero", así que, en el examen, ella escribió textualmente "consultar el libro de tercero".
Como colofón todas ríen y en unos segundos se han olvidado del Lucanor, el de los Lunnis.
Por un momento, antes de salir del asombro, siento ira hacia ellas, hacia su desprecio por la literatura, pero no la merecen.
Mientras el sistema educativo español siga convirtiendo a los estudiantes en recopiladores de datos, en memorizadores de fechas y nombres, el Conde Lucanor seguirá sufriendo afrentas de este tipo, al igual que los demás personajes y autores.
Cada nuevo gobierno trae consigo una reforma educativa que no pretende más que adecuar el sistema a sus intereses políticos, pero la auténtica reforma, la que cambie de raiz el sistema y sustituya las retahílas de datos por el disfrute de las materias, por el conocimiento, no llega porque no conviene, no interesa a los gobernantes.
Me temo que por mucho tiempo, el buen conde Lucanor seguirá siendo uno de los Lunnis.

viernes, 9 de diciembre de 2011

El hombre que conoció a Vallejo Nájera

En el metro, de regreso a casa después de una gozosa velada entre amigos dibujantes, coincido con un hombre que está sentado frente a mi y que capta mi atención por encima del libro que intento leer.
Viste con ropas viejas pero con poca suciedad. Su cabello desordenado se mezcla con una barba larga y un bigote de caballero decimonónico y en conjunto parece una versión desharrapada de Carlos Marx. En el asiento de al lado ha dejado unas bolsas de un supermercado, unas dentro de las otras, de forma que no consigo adivinar su contenido. En una de sus manos de la que destaca un dedo protegido por una venda sucia y desproporcionada, sostiene una lata de cerveza que en ningún momento del trayecto le veo llevarse a los labios.
Ajeno al resto de los viajeros, centra su atención en una conversación con alguien inexistente pero que, a juzgar por su mirada concentrada en un punto del espacio vacío frente a él, debe ser tan real para él como cualquiera de los otros usuarios del suburbano.
Habla pausadamente y en su conversación se adivina una cultura y un saber estar que no ha sido borrado por los estragos de la vida. En ocasiones plantea preguntas que nadie responde, otras veces él responde a cuestiones que sólo han sido pronunciadas en su mente, y entre preguntas y respuestas hilvana diferentes temas, uno nuevo a cada nueva frase.
Comenta tranquilamente, con la voz queda y cortesmente que estas navidades no serán como las de siempre porque todo ha cambiado y en la siguiente frase se muestra decepcionado por el periodismo actual. Continúa su conversación con su interlocutor imaginado sin hacer una pausa, cómo si tuviera prisa por tratar todos los temas que se agolpan en su mente antes de llegar a su destino, tan sólo es más serena y detenida su plática cuando habla de Vallejo Nájera, cuando
desgrana elogios hacia la persona del psiquiatra y afirma que lo conoció, y yo le creo, creo lo que dice porque me he convertido sin que ni siquiera él lo sepa en su partenaire en la conversación, porque presto atención a cada una de sus palabras como si me las dirigiera a mi entre todas las personas que compartimos viaje con él, cómo si sólo estuviéramos los dos, al menos es así hasta que su voz desaparece sepultada por el escándalo que producen unos adolescentes a los que les sobra el alcohol y les falta educación. Ahora no oigo al hombre que conoció a Vallejo Nájera, sólo le veo mover los labios y sin el acompañamiento de sus palabras y de la forma de pronunciarlas casi parece otro mendigo más de los que habitan el metro, afortunadamente el tren llega a mi parada y lo abandono a tiempo antes de que el recuerdo que deja en mí se degrade.


miércoles, 7 de diciembre de 2011

Santos


En un paseo feliz aprovechando la mañana soleada y bulliciosa que me llevó ayer desde la plaza de Ópera al mercadillo navideño de la Plaza Mayor, dediqué un rato a visitar la catedral de la Almudena aprovechando la poca afluencia de visitantes.
La Almudena es una catedral impostada, un capricho caro de los madrileños construido sin ganas para no desmerecer ante otras ciudades en una época extraña para el alzado de catedrales.
Sin un estilo preciso, se mezclan en ella el neogótico de sus muros con mil y un estilos en la geometría hiriente de sus vidrieras, en los frescos, en el artesonado que tiene algo de construcción vikinga, en las tallas barrocas que muestran su belleza junto a la escultura de Escribá de Balaguer que tiene la fealdad cateta de una estatua de plaza de pueblo. Nada es auténtico, todo cabe y todo vale.
De camino a casa, al pasar por el cruce entre Alcalá y Goya, me encuentro como tantas veces con un hombre que pasa el día agazapado al pie de un árbol, recluido en el mínimo espacio de tierra y hojas secas que parece reservado más a los perros o a las mangueras de los jardineros que a las personas. En ese espacio inmutable excepto cuando llueve y se traslada al pie de un escaparate cercano, pasa el día tallando con un fervor y una dedicación obsesivas. Con una maza en una mano y una gubia en la otra, rodeado de lápices, pinturas y un caos de materiales tirados por el suelo, reproduce sobre pedazos de madera innoble obras de arte que previamente ha fotocopiado en una hoja de papel.
Esculpe sobre todo imágenes religiosas en bajorrelieves toscos y torpes, con un aire naif a fuerza de desconocimiento de la técnica pero en los que, no me cabe duda, pone tanto de su alma como el más grande de los artistas.
Observo sus santos policromados, cercanos a veces al dibujo de un niño, y no puedo dejar de pensar en los que poco tiempo antes he visto en la catedral. Hay más alma en sus tallas que en gran parte del arte que alberga la catedral, más devoción y mayor entrega en sus trozos de madera encontrados en algún contenedor que en la grandilocuencia hortera del retrato de la Beata María Pilar Izquierdo y otras obras.
Pero hay algo en lo que coinciden; junto al escultor
un cartel manuscrito pide una ayuda monetaria acompañado siempre de muy pocas monedas, a la entrada de la catedral casi corta el paso un enorme letrero que reclama una donación para el monumento, allí siempre hay monedas, muchas monedas.

domingo, 4 de diciembre de 2011

Invisibilidad

El sábado por la mañana espero a alguien que se retrasa en la Puerta del Sol, al pie de la estatua del oso y el madroño, que es como un vórtice donde converge la vida en Madrid. Mientras espero disfruto observando a la gente, a la multitud de personas que por un instante mezclan sus vidas sin tocarse, sin mirarse y después continúan su camino, como una especie de peces milagrosos que salieran secos del mar.
Observo a los turistas que se fotografían junto al símbolo oficial de la ciudad y a los que algo más allá lo hacen en el kilómetro cero, y mientras me pierdo en las sonrisas forzadas ante las cámaras lo veo aparecer.
Viste una levita vieja y negra, unos enormes zapatones y un bastón de plástico. Bajo un bombín maltratado su rostro arrugado está cubierto de pintura blanca excepto al pie de su nariz donde un tiznajo negro simula un bigote. Imita torpemente a Chaplin, pretende moverse como él aunque está lejos de conseguirlo, sin embargo en ese momento yo creo estar viendo a Charlot que ha aparecido de la nada y pasea entre los turistas que lo miran sorprendidos y divertidos.
No pide dinero ni ninguna otra cosa, sólo se coloca junto a los que se fotografían, bromea con los niños e intenta ser Charles Chaplin por unos instantes sin más pretensiones que el disfrute de su caracterización. Los que pasan apresurados junto a él detienen por unos momentos sus pasos, se rien, comentan entre ellos algo en voz baja y reanudan su marcha.
El Charlot de la Puerta del Sol continua su pantomima por un rato más captando la atención hasta de los más apresurados, pero en un instante en que la estatua queda libre de turistas enciende un cigarrillo, abandona sus andares de Charlot y camina como una persona más, entonces es ya invisible.
Sólo en las ciudades como Madrid es posible que alguien vestido y maquillado de esa forma pueda ser invisible, que se mezcle entre los demás sin que nadie repare en él justo en el momento en que decide ser transparente, en que convierte su imitación de Chaplin en el vagabundeo habitual de muchos de los pobladores de la plaza. Creo que sólo yo sigo prestándole atención mientras se aleja y desaparece entre el barullo de caminares apresurados, supongo que cuando acabe su cigarro retornará a su imitación y de nuevo tomará forma ante los que le rodean, de nuevo será visible, los niños reirán y los turistas lo fotografiarán, hasta que decida recuperar su invisibilidad una vez más.
Son los milagros de Madrid.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

A esa hora


Existe un hora incierta, compañera del crepúsculo, en la que el barrio de Malasaña exhibe sus colores como un pavo real y con el pecho hinchado sale a la calle.
Es la hora en la que los homosexuales solitarios pasean a sus perros en miniatura y las luces de los escaparates se convierten en faros hacia los que, como polillas engalanadas, se dirigen los hipsters sin remisión. Las librerías de viejo sacan a la calle sus saldos y las señoras que ya vivían en el barrio antes de su transformación acuden a las pollerías para preparar el menú del día siguiente. Entre Espíritu Santo, San Andrés y La Palma hay una procesión de devotos de la moda, de jóvenes estudiantes que resucitan de entre los libros al olor de las pizzerías, un reguero contínuo de coolhunters mezclados con estudiantes Erasmus, paseadores de perros y artistas con los bolsillos vacíos.
Es la hora en la que el centro de Madrid se disfraza de Nueva York y se presume cosmopolita y moderno.
Pero es la hora también en que florecen las prostitutas de la calle Ballesta, en la que la plaza de San Ildefonso se llena de vagabundos que deambulan alrededor de alguien apodado Panoramix por sus larga cabellera y su barba, blancas como la nieve, y porque tiene algo de druida hippie anclado en un pasado que se transcurre en nuestro presente, es la hora en la que aparecen los arqueólogos de la basura siguiendo una ruta aprendida de conte
nedor en contenedor, es la hora más frívola pero también la más canalla.
A esa hora, cuando paseo por Malasaña, mis pasos suelen acabar en un lugar ajeno a las calles y a la tragicomedia que en ellas se representa. Donde coinciden la Corredera Baja de San Pablo y la calle Puebla, la iglesia de San Antonio de los Alemanes se abre entre misa y misa a los exploradores urbanos mientras permanece ignota para muchos de los que pasan frente a ella pero no reparan en su fachada carente de ornamentos a excepción de una pequeña estatua del santo, sin reclamos que inviten a entrar. Mientras en su exterior la vida se muestra bulliciosa, desordenada y libertina, dentro del diminuto recinto elíptico que forman sus paredes el visitante ocasional puede perder la noción del tiempo absorto en la
s pinturas al fresco que la cubren desde el suelo hasta el punto más alto de su bóveda. Dedicar un tiempo sin cómputo a contemplar cada figura, cada detalle. Dar rienda suelta a la mirada para que se pierda entre los elementos que diferentes autores plasmaron a lo largo de los años, sentirse recibido, acogido, protegido, inmune al transcurrir frenético de la vida en Madrid, como esta estuviera siempre detenida en San Antonio de los Alemanes.


sábado, 26 de noviembre de 2011

Piedra, metal y miseria

Flanquean a La Ribera de Curtidores varias corralas supervivientes de los tiempos en que llenaban Madrid igual que hoy lo hacen los pisos compartidos por emigrantes, como una forma barata de obtener un techo bajo el que dormir y poco más cuando no se tiene ni eso.
De aquel primitivo uso no queda más que el recuerdo y las corralas de Ribera de Curtidores se han convertido ahora en galerías donde los anticuarios más comerciales exponen su mercancía y cada domingo por la mañana sacan sus brillos al sol como un pavo real que exhibe su plumaje, para solaz de turistas y visitantes del rastro que se adentran en ellas sorteando bronces de Diana cazadora y lámparas de flecos deshilachados.
Varias de estas corralas no hace demasiado tiempo que fueron restauradas por algún plan municipal que resaltó su tipismo de ladrillo visto, tejados de pizarra y barandillas de hierro, un lavado de cara para que sirvieran de cebo a los compradores atraídos por su oropel renovado de quincallas y trastos viejos.
Pero entre todas ellas hay una corrala que mantiene su función primigenia, la de servir de vivienda barata a un puñado de familias y dónde no hay más antiguedades que los trastos deshechados que se puedan encontrar en la tienda abarrotada, laberíntica, caótica y surreal de los Traperos de Emaús.
El patio de la corrala exhibe ante los escasos visitantes un panorama de paredes ruinosas que se dejan caer sobre puntales metálicos como un anciano que ha renunciado a caminar erguido y se sabe necesitado de un hombro ajeno. Gran parte del recinto
está deshabitado a causa de la ruina y aunque el resto no parece estar en mal estado, la impronta de la pobreza se manifiesta por todas partes.
Casi en el centro de la corrala, entre la ruina y el herrumbe, desafia al sentido común del visitante ocasional una enorme escultura cuya presencia allí cuesta entender. Un desproporcionado bulto de piedra y metal, un mamotreto informe que se podría encuadrar en ese estilo artístico tan impreciso que puebla las rotondas de las carreteras nacionales, obra de algún artista que olvidó su firma o no quiso dejarla y que resulta tan extraño en un lugar como este que casi parece un desafío, un agravio si se compara con los edificios apuntalados a punto de derrumbarse vencidos por el tiempo y la desidia.
La escultura permanece firme, elevándose orgullosa hacia el cielo mientras su entorno se desploma. Una pieza del conjunto brilla lustrosa mientras las malas hierbas brotan entre los puntales que algún día dejarán de sujetar unas ruinas que no por postergadas son menos evidentes y seguramente la escultura permanecerá, casi intacta como ahora, apenas tocada por el spray de algún adolescente, mostrando imperturbado su exotismo.
Llego a la corrala, me siento cerca de la escultura y la dibujo, transformo en líneas cada una de sus formas vulgares pero altaneras y me pregunto q
uién la pondría allí, qué político consideraría más adecuado colocar en la corrala aquél obstáculo para la vista en lugar de restaurar los edificios y añadir algo de dignidad a sus habitantes, pero no tengo respuesta.
Mientras dibujo, dos hombres gitanos salen de un portal y hablan de las elecciones que se celebran ese mismo día, uno le pregunta a otro: ¿Al final, a quien vas a votar?, y el otro le responde: ¿Yo? a ninguno, yo no voto a los payos.
Continúo dibujando y comprendo su decisión.